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YO TAPÉ UNA RAMPA. POR ANALÍA BARONE

Pasaron dos semanas y, sin embargo, cada vez que lo recuerdo la indignación vuelve a mí porque el mismo hecho se reitera una y otra vez. Fue el sábado 29 de agosto a las 20.30 horas aproximadamente. Impotencia es la primera palabra que me sale al querer describir lo que sentí al bajarme del 64, en Matienzo y Luis María Campos: una camioneta 4x4, color negra, estaba estacionada delante de la parada e impedía que el chofer pudiese arrimar el colectivo al cordón de la vereda para que yo pudiera bajar cómodamente con mi silla de ruedas. Al sentimiento de impotencia le siguió la apatía por sentir que esa falta de consideración para con el otro era algo habitual y hasta “normal” en Buenos Aires, la ciudad de los obstáculos y las barreras arquitectónicas para quienes tenemos una movilidad reducida. 


Pero el desinterés desapareció instantáneamente al ver a un grupo de jóvenes, adultos y niños reunidos en la esquina de Matienzo y Baez, en el barrio porteño de Las Cañitas. Muchos de los presentes, como yo, llevaban puesta una remera negra con el logo de Acceso Ya. Otros pasaban por el lugar y se sumaron a la movida. Y otros, con sus cámaras en mano, se dispusieron a registrar la actividad propuesta por la ONG.


Apenas terminé de saludar pedí una calcomanía de “Yo ocupé una parada de bondi” y la pegué en el parabrisas del auto que estaba en infracción, para que su dueño, además de percatarse de su error, supiese que por ahí había pasado una persona con discapacidad motriz a la que él, con su acto de prepotencia, le había obstruido el derecho a una circulación libre y autónoma.


Minutos más tarde, dirigidos por dos coordinadores, los convocados dimos comienzo a una nueva edición de la clásica campaña “Yo Tapé una Rampa”. Una de las voluntarias de la ONG llevó en su silla de ruedas una cámara GoPro que grabó cada una de las dificultades con las que nos topamos a lo largo del recorrido. Caminamos por Baez para el lado de Eslovenia, allí cruzamos Ortega y Gasset, seguimos por Cheneaut hasta Arévalo e hicimos una cuadra más hasta Arguibel. Por esta última calle doblamos a la izquierda hasta Arce y volvimos por esta nuevamente hasta Matienzo. Fue un trayecto corto, y el balance, como ocurre casi siempre que salí a hacer estas actividades de concientización, negativo. No sólo encontramos rampas obstruidas por vehículos mal estacionados, sino que también nos chocamos con esquinas sin las correspondientes bajadas de acceso, con veredas rotas y también achicadas porque los dueños de los comercios gastronómicos colocan mesas afuera e impiden el paso de una persona en silla de ruedas.


Todavía, evidentemente, falta mucho para que logremos comprender la importancia de respetar las condiciones de accesibilidad existentes, como así también la de generarlas en los lugares que aún no las tienen. Porque, como creemos quienes formamos parte de la ONG, lo que discapacita es el entorno. Es la falta de accesos lo que imposibilita a las personas con movilidad reducida de gozar de una vida social activa.